MarÃa
MarÃa Leà en voz alta algunas lÃneas, y al llegar a cierto punto me detuve involuntariamente.
Tomó él la carta, y con los labios contraÃdos, mientras devoraba el contenido con los ojos, concluyó la lectura y arrojó el papel sobre la mesa diciendo:
—¡Ese hombre me ha muerto!, lee esa carta: al cabo sucedió lo que tu madre temÃa.
Recogà la carta para convencerme de que era cierto lo que ya me imaginaba.
—Léela alto —añadió mi padre paseándose por la habitación y enjugándose el sudor que le humedecÃa la frente.
—Eso no tiene ya remedio —dijo apenas conclu×. ¡Qué suma y en qué circunstancias!… Yo soy el único culpable.
Le interrumpà para manifestarle el medio de que creÃa podÃamos valernos para hacer menos grave la pérdida.
—Es verdad —observó oyéndome ya con alguna calma—; se hará asÃ. ¡Pero quién lo hubiera temido! Yo moriré sin haber aprendido a desconfiar de los hombres.