María
María Y decía la verdad: ya muchas veces en su vida comercial había recibido iguales lecciones. Una noche, estando él en la ciudad sin la familia, se presentó en su cuarto un dependiente a quien había mandado a los Chocoes a cambiar una considerable cantidad de efectos por oro, que urgía enviar a los acreedores extranjeros. El agente le dijo:
—Vengo a que me dé usted con qué pagar el flete de una mula, y un balazo: he jugado y perdido todo cuanto usted me entregó.
—¿Todo, todo se ha perdido? —preguntóle mi padre.
—Sí, señor.
—Tome usted de esa gaveta el dinero que necesita.
Y llamando a uno de su pajes añadió:
—El señor acaba de llegar: avisa adentro para que se le sirva.