MarÃa
MarÃa Pero aquellos eran otros tiempos. Golpes de fortuna hay que se sufren en la juventud con indiferencia, sin pronunciar una queja: entonces se confÃa en el porvenir. Los que se reciben en la vejez parecen asestados por un enemigo cobarde: ya es poco el trecho que falta para llegar al sepulcro… Y, ¡cuán raros son los amigos del que muere que sepan serlo de su viuda y de sus hijos! ¡Cuántos los que espÃan el aliento postrero de aquel cuya mano, helada ya, están estrechando, para convertirse luego en verdugos de huérfanos!…
Tres horas habÃan pasado desde que terminó la escena que acabo de describir conforme al recuerdo que me ha quedado de aquella noche fatal, a la que tantas otras habÃan de parecerse años después.
Mi padre, a tiempo de acostarse, me dijo desde su lecho, distante pocos pasos del mÃo:
—Es preciso ocultar a tu madre cuanto sea posible lo que ha sucedido; y será necesario también demorar un dÃa más nuestro regreso.
Aunque siempre le habÃa oÃdo decir que su sueño tranquilo le servÃa de alivio en todos los infortunios de la vida, cuando a poco de haberme hablado me convencà de que ya él dormÃa, vi en su reposo tan denodada resignación, habÃa tal valor en su calma, que no pude menos de permanecer por mucho espacio contemplándolo.