MarÃa
MarÃa —¡San Pablo! —exclamó Lorenzo fijándose en lo que yo veÃa—; ¡qué animalote! Rufina, que se habÃa bajado a alabarme a Dios, observó riéndose, que más grandes las habÃan muerto algunas veces.
—¿Dónde encontraron ésta? —le pregunté.
—En la orilla, mi amo, allà en el chÃpero —me contestó señalándome un árbol frondoso distante treinta varas de la casa.
—¿Cuándo?
—A la madrugadita que se fue mi hermano a viaje, la topó armaa, y él la trajo para sacarle la contra. La compañera no estaba ahÃ, pero hoy la vi yo y él la topa mañana.