MarÃa
MarÃa No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor: no descubrà entre ellas a MarÃa. Algunas cuadras antes de llegar a la puerta del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y Emma la animaba para que bajase. Nos les acercamos. La cabellera de MarÃa, suelta en largos y lucientes rizos, negreaba sobre la muselina de su traje color verde mortiño: sentóse para evitar que el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reÃa de su afán:
—¿No ves que no puedo?
—Niña —le dijo mi padre entre sorprendido y risueño— ¿cómo has logrado subirte ah�
Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a nuestro saludo y contestó:
Como estábamos solas…
—Es decir —le interrumpió mi padre— que debemos irnos para que puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?
—Qué gracia, si yo le ayudé.
—Era que yo no tenÃa susto.
—Vámonos, pues —concluyó mi padre dirigiéndose a m× pero cuidado…
Bien sabÃa él que yo me quedarÃa. MarÃa acababa de decirme con los ojos: «No te vayas». Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.