MarÃa
MarÃa —Por aquà fue por donde subimos —me dijo MarÃa mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca.
Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano, demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mÃas. Sentéme a sus pies y ella me dijo:
—¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá? Creerá que estamos locas.
Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante los mÃos, y la suave palidez de sus mejillas, me decÃan, como en otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.
—Me voy sola —repitió Emma, a quien habÃamos oÃdo mal su primera amenaza; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.
—No, no; espéranos un instante no más —le suplicó MarÃa poniéndose en pie.
Viendo que yo no me movÃa, me dijo:
—¿Qué es?
—Es que aquà estamos bien.
—SÃ; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.
Lo retorció agregando:
—Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la mano, me cojo yo de él.