MarÃa
MarÃa Persuadida de que podÃa arriesgarse a bajar sin ser vista, lo hizo como lo habÃa proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco:
—¿Y tú ahora?
Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le ofrecà el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.
—Si no hubiera llegado, ¿qué habrÃas hecho para bajar?, loquilla.
—Pues habrÃa bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temà caerme porque hacÃa mucho viento. Ayer también subimos ahÃ, y yo bajé bien.
—¿Por qué se han demorado tanto?
—Por dejar concluidos algunos negocios que no podÃan arreglarse desde aquÃ. ¿Qué has hecho en estos dÃas?
—Desear que pasaran.
—¿Nada más?
—Coser y pensar mucho.
—¿En qué?
—En muchas cosas que se piensan y no se dicen.
—¿Ni a m�
—A ti menos.
—Está bien.
—Porque tú las sabes.
—¿No has leÃdo?