MarÃa
MarÃa —No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo…
Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedÃa algunos pasos:
—Oye, Emma… ¿Qué afán de ir tan aprisa?
Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.
—¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?
—¿Antenoche? ¡Ah! —repuso deteniéndose— ¿por qué me lo preguntas?
—A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.
—No, no; tú sÃ.
—¿Sà qué?
—Sà puedes decirlas.
—Cuéntame lo que tú hacÃas, y te las diré.
—Me da miedo.
—¿Miedo?
—Tal vez es una boberÃa. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañÃa, porque me dijo que no tenÃa sueño: oÃmos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué habÃa… ¡Qué tonterÃa: vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!
—Acaba, pues.