MarÃa
MarÃa —Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que yo no habÃa oÃdo nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenÃa en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que Ãbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé… Pero ¿por qué te has quedado asÃ?
—¿Cómo? —le respondÃ, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.
Lo que ella me contaba habÃa pasado a la hora misma en que mi padre y yo leÃamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me habÃa azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a MarÃa le repitió el acceso; la misma que, sobrecogido, habÃa oÃdo zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.
—¿Cómo? —me replicó MarÃa— veo que he hecho mal en referirte eso.
—¿Y te figuras tal?
—Si no es que me lo figuro.
—¿Qué te soñaste?
—No debo decÃrtelo.
—¿Ni más tarde?
—¡Ay!, tal vez nunca.
Emma abrÃa ya la puerta del patio.