MarÃa
MarÃa
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Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A favor de la luna, la noche parecÃa un dÃa opaco. A las cuatro, encomendados a la Virgen en las despedidas de Bibiano y de su hija, nos embarcamos.
—Aquà canta la verrugosa, compae —dijo Laureán a Cortico luego que hubimos navegado un corto trecho— saque afuerita, no vaya a tá armaa.
Todo el peligro para mà era que la vÃbora se entrase a la canoa, pues estaba defendido por el techo del rancho; pero agarrado por ella alguno de los bogas, el naufragio era probable.
Pasamos felizmente; mas, la verdad sea dicha, ninguno tranquilo.
El almuerzo de aquel dÃa fue copia del anterior, salvo el aumento del tapado que Gregorio habÃa prometido, potaje que preparó haciendo un hoyo en la playa, y una vez depositado en él, envuelto en hojas de bijao, la carne, plátanos y demás que debÃan componer el cocido, lo cubrió con tierra y encima de todo encendió un fogón.
Era increÃble que la navegación fuese más penosa en adelante que la que habÃamos hecho hasta allÃ; pero lo fue: en el Dagua es donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles.
A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un remanso, Luareán lo rehusó, y se internó en el bosque algunos pasos para regresar trayendo unas hojas: después de estregarlas en un mate lleno de agua, hasta que el lÃquido se tiñó de verde, coló éste en la copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja hedionda, único antÃdoto contra las fiebres, temibles en la costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.
Las palancas, que cuando se baja el rÃo sirven mil veces para evitar un estrellamiento general, son menos útiles para subirlo. Desde Fleco, a cada paso caÃan al agua Gregorio y Laureán, siempre después del consabido golpe de aviso, y entonces el primero cabestreaba la canoa asiéndola por el galindro, mientras el compañero la impulsaba por la popa. Asà se subÃan los chorros o cabezones inevitables; pero para librarse de los más furiosos habÃa pequeños caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y más o menos escasos de agua, por los cuales subÃa la canoa rozando con el casco los guijarros del cauce y balanceándose algunas veces sobre las rocas más salientes.
Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen más y más descolgadas las corrientes a medida que nos acercábamos al Saltico, los bogas al cambiar de orilla impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto sobre ella, para empuñar las palancas; y abandonándolas en el instante, una vez atravesado el rÃo, impedÃan que nos arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya. Después de cada lance de esta especie, se hacÃa necesario arrojar de la canoa el agua que le habÃa entrado, operación que ejecutaban los bogas instantáneamente amagando dar un paso y volviendo a traer el pie avanzando hacia el firme, con lo cual salÃan de en medio de éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados por Laureán, aunque él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habrÃa podido pasar por el dios del rÃo; pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña siempre, parecÃa presentar la figura recortada de su compañero, con sus piernas que formaban al andar casi una «o», y cuyos pies encorvados hacia adentro eran más que pies, instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.
Pernoctamos aquel dÃa en el Saltico, pobre y desapacible caserÃo a pesar del movimiento que le daban sus bodegas. Allà hay un obstáculo para la navegación, y es generalmente el término de viaje de los bogas que vienen del Puerto, asà como los que subÃan del Saltico llegaban solamente al Salto, y a este punto los que bajaban diariamente de Juntas.
La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra la canoa, ya sin rancho, para ponerla en la playa donde debÃa embarcarme al dÃa siguiente. Del Saltico al Salto, los peligros del viaje salieron de la esfera de toda ponderación.
En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para vencer el último obstáculo que allà merece el honor de tal nombre.
Los bosques iban teniendo a medida que nos alejábamos de la costa, toda aquella majestad, galanura, diversidad de tintas y abundancia de aromas que hacen de las selvas del interior un conjunto indescriptible. Mas el reino vegetal imperaba casi solo: oÃase de tarde en tarde y a lo lejos el canto del paujÃ; muy rara pareja de panchanas atravesaba a veces por encima de las montañas casi perpendiculares que encajonaban la vega; y alguna primavera volaba furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los guabos apiñados o por los cañaverales, chontas, nacederos y chÃperos, sobre los cuales mecÃan las guaduas sus arqueados plumajes. El martÃn pescador, única ave acuática habitadora de aquellas riberas, rozaba por rareza los remansos con sus alas, o se hundÃa en ellos para sacar en el pico algún pececillo plateado.
Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y las más capaces de ellas tendrÃan ocho varas de largo, y escasamente una de ancho.
El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y achicando incesantemente el delantero, el de la popa sentado a veces, tranquilos siempre, apenas divisados al descender por en medio de los chorros de una revuelta lejana, desaparecÃan en ella y pasaban muy luego velozmente por cerca de nosotros, para volver a verse abajo y distantes ya, como corriendo sobre las espumas.
Los peñascos escarpados de la VÃbora, Delfina con su limpio riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que mezcla después tÃmidamente sus corrientes con las impetuosas del Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando a la izquierda. Allà hubo necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues Laureán acababa de romper su último repuesto. HacÃa una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el rÃo empezaba a traer cintas de espumas y algunas malezas menudas.
—La niña tá celosa —dijo Cortico cuando arrimamos a la playa.
Creà que se referÃa a una música tristÃsima y como ahogada, que parecÃa venir de la choza vecina.
—¿Qué niña es ésa? —le pregunté.
—Pue Pepita, mi amo.
Entonces caà en la cuenta de que se referÃa al hermoso rÃo de ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de Juntas.
—¿Por qué está celosa?
—¿No ve sumercé lo que baja?
—No.
—La creciente.
—¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que él.
Gregorio se rio antes de responderme:
—Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita e, porque el rÃo no baja amarillo.
Subà al rancho mientras los bogas hacÃan sus prevenciones, deseoso de ver qué instrumento tocaban allÃ: era una marimba, pequeño teclado de chontas sobre tarros de guadua alineados de mayor a menor, y que se hace sonar con bolillos pequeños aforrados en vaqueta.
Una vez conseguida la palanca y llenada la condición indispensable de que fuese de biguare o cueronegro, continuamos subiendo con mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se hiciesen importunos.
Los bogas estimulados por Lorenzo y la gratificación que les tenÃa yo prometida por su buen manejo, se esforzaron a fin de hacerme llegar de dÃa a Juntas. Poco después dejamos a la derecha la campiñita de Sombrerillo, cuyo verdor contrasta con la aspereza de las montañas que la sombrean hacia el sur. Eran las cuatro de la tarde cuando pasamos al pie de los agrios peñascos de Medialuna. Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso término a la inverosÃmil navegación saltando a una playa de Juntas.
El amigo D… , antiguo dependiente de mi padre, me estaba esperando, avisado por el correÃsta que nos dio alcance en San Cipriano, de que yo debÃa llegar aquella tarde. Me condujo a su casa, en donde fui a esperar a Lorenzo y a los bogas. Estos quedaron muy contentos con «mi persona», como decÃa Gregorio. DebÃan madrugar al dÃa siguiente, y se despidieron de mà de la manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas de cognac y de haberme recibido una carta para el Administrador.
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