MarÃa
MarÃa —Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de Braulio.
—¿En la de él solamente?
—Me es más fácil imaginarme la de Braulio. El va a ser desde hoy completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por muchos años.
Ella me habÃa escuchado sin mirarme, y levantando al fin los ojos, en los cuales no se habÃa apagado el brillo de felicidad que en aquella mañana los iluminaba, respondió alzando el velillo:
—¿Esa pérdida no es pues muy grande?
—¿Y por qué insistes en hablar de ella?
—¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado asÃ, y esto me convence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no estés contento por haberme visto alegre hoy después de lo que me contaste anoche.
—¿Y esa noticia te causó alegrÃa?
—Tristeza cuando me la diste; pero más tarde…
—Más tarde ¿qué?
—Pensé de otro modo.
—Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegrÃa.
—No tanto, pero…
—Estar como estás hoy.
—¿No digo? Yo sabÃa que no te podÃa gustar verme asÃ, y no quiero que me creas capaz de una tonterÃa.