MarÃa
MarÃa —¿A ti? ¿Y te imaginas que eso puede llegar a suceder?
—¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra, de no ver las cosas serias como deben verse.
—No; tú no eres asÃ.
—SÃ, señor, sÃ; por lo menos hasta que me disculpe. Pero hablemos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho conmigo y mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.
Asà lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y el de MarÃa volvieron a aparearse. Salimos de nuevo a la campaña y veÃamos blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los techos de las casas en medio de los follajes de los huertos.
—Di, MarÃa —le dije entonces.
—Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no estar contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir…
—¿Cómo enseñarte lo que no sé?
—¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decÃas anoche? Voy a aprovecharme de esa lección.
—¿Desde hoy?