MarÃa
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Tres semanas habÃan corrido desde mi regreso, durante las cuales me retuvieron a su lado Emma y mi madre, aconsejadas por el médico y disculpando su tenacidad con el mal estado de mi salud.
Los dÃas y las noches de dos meses habÃan pasado sobre su tumba y mis labios no hablan murmurado una oración sobre ella. SentÃame aún sin la fuerza necesaria para visitar la abandonada mansión de nuestros amores, para mirar ese sepulcro que a mis ojos la escondÃa y la negaba a mis brazos. Pero en aquellos sitios debÃa esperarme ella: allà estaban los tristes presentes de su despedida para mÃ, que no habÃa volado a recibir su último adiós y su primer beso antes que la muerte helara sus labios.
Emma fue exprimiendo lentamente en mi corazón toda la amargura de las postreras confidencias de MarÃa para mÃ. AsÃ, recomendada para romper el dique de mis lágrimas, no tuvo más tarde cómo enjugarlas, y mezclando las suyas a las mÃas pasaron esas horas dolorosas y lentas.
En la mañana que siguió a la tarde en que MarÃa me escribió su última carta, Emma, después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la halló sentada en el banco de piedra del jardÃn: dábase ver lo que habÃa llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los circundaba, humedecÃan aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanÃa: exhalaba sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se habÃa desahogado.
—¿Por qué has venido sola hoy? —le preguntó Emma abrazándola—: yo querÃa acompañarte como ayer.
—Sà —le respondió—; lo sabÃa; pero deseaba venir sola; creà que tendrÃa fuerzas. Ayúdame a andar.
Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, MarÃa lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:
—Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.
Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió:
—¡Adiós, rosal mÃo, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude —dijo volviéndose a Emma, que lloraba con ella.
Mi hermana quiso sacarla del jardÃn diciéndole:
—¿Por qué te entristeces asÃ? ¿No ha convenido papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los dÃas. ¿No es verdad que te sientes mejor?
—Estémonos todavÃa aquà —le respondió acercándose lentamente a la ventana de mi cuarto: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi hermana—: Dile que nunca dejó de florecer. Ahora sà vámonos.
Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:
—¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquÃ!
Durante el dÃa se la vio más triste y silenciosa que de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que habÃa cogido por la mañana; y allà fue Emma a buscarla cuando ya habÃa oscurecido. Estaba de codos en la ventana; y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.
—MarÃa —le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos momentos— ¿no te hará mal este viento de la noche?
Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano, atrayéndola a sà y haciendo que se sentase a su lado en el sofá:
—Ya nada puede hacerme mal.
—¿No quieres que vayamos al oratorio?
—Ahora no: deseo estarme aquà todavÃa; tengo que decirte tantas cosas…
—¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan obediente a las prescripciones del doctor, vas asà a hacer infructuosos todos sus cuidados y los nuestros: hace dos dÃas que no eres ya dócil como antes.
—Es que no saben que voy a morirme —respondió abrazando a Emma y sollozando contra su pecho.
—¡Morirte! ¿Morirte cuando EfraÃn va a llegar?…
—Sin verlo otra vez, sin decirle… morirme sin poderlo esperar. Esto es espantoso —agregó estremeciéndose después de una pausa—; pero es cierto: nunca los sÃntomas del acceso han sido como los que estoy sintiendo. Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decÃrtelo. Oye: quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vÃsperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas… No te aflijas asà —continuó acercando su mejilla frÃa a la de mi hermana—; yo no podrÃa ya ser su esposa… Dios quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy, del trance de verme expirar. ¡Ay!, yo podrÃa morirme conforme, dándole mi último adiós. Estréchalo por mà en tus brazos y dile que en vano luché por no abandonarlo… que me espantaba más su soledad que la muerte misma, y…
MarÃa dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no respondió; dio voces y corrieron en su auxilio.
Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla del acceso, y en la mañana del siguiente dÃa se declaró impotente para salvarla.
El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al llamamiento que se le hizo.
Frente al lecho de MarÃa se colocó en una mesa adornada con las más bellas flores del jardÃn, el crucifijo del oratorio, y lo alumbraban dos cirios benditos. De rodillas ante aquel altar humilde y perfumado, oró el sacerdote durante una hora; y al levantarse, le entregó uno de los cirios a mi padre y otro a Mayn para acercarse con ellos al lecho de la moribunda. Mi madre y mis hermanas, Luisa, sus hijas y algunas esclavas se arrodillaron para presenciar la ceremonia. El ministro pronunció estas palabras al oÃdo de MarÃa:
—Hija mÃa, Dios viene a visitarte: ¿quieres recibirlo?
Ella continuó muda e inmóvil como si durmiese profundamente. El sacerdote miró a Mayn, quien, comprendiendo al instante esa mirada, tomó el pulso a MarÃa, diciendo en seguida en voz baja:
—Cuatro horas lo menos.
El sacerdote la bendijo y la ungió. Los sollozos de mi madre, mis hermanas y las hijas del montañés acompañaron la oración.
Una hora después de la ceremonia, Juan se habÃa acercado al lecho y se empinaba para alcanzar a ver a MarÃa, llorando porque no lo subÃan. Tomólo mi madre en sus brazos y lo sentó en el lecho.
—¿Está dormida, no? —preguntó el inocente reclinando la cabeza en el mismo almohadón en que descansaba la de MarÃa, y tomándole en sus manitas una de las trenzas como lo acostumbraba para dormirse.
Mi padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi madre y que los asistentes presenciaban contristados.
A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecÃa a la cabecera pulsando constantemente a MarÃa, se puso en pie, y sus ojos humedecidos dejaron comprender a mi padre que habÃa terminado la agonÃa. Sus sollozos hicieron que Emma y mi madre se precipitasen sobre el lecho. Estaba como dormida; pero dormida para siempre… ¡muerta!, ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer aliento, sin que mis oÃdos hubiesen escuchado su último adiós, sin que algunas de tantas lágrimas vertidas por mà después sobre su sepulcro, hubiesen caÃdo sobre su frente!
Cuando mi madre se convenció de que MarÃa habÃa muerto, ante su cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que penetraba en la estancia por una ventana que acababa de abrir, exclamó con voz enronquecida por el llanto, besando una de esas manos ya frÃa e insensible:
—¡MarÃa!… ¡Hija de mi corazón!… ¿Por qué nos dejas asÃ?… ¡Ay!, ya nunca más podrás oÃrme… ¿Qué responderé a mi hijo cuando me pregunte por ti? ¡Qué hará, Dios mÃo!… ¡Muerta!, ¡muerta sin haber exhalado una queja!
Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de sublime resignación. La luz de los cirios brillando en su frente tersa y sobre sus anchos párpados, proyectaba la sombra de las pestañas sobre las mejillas: aquellos labios pálidos parecÃan haberse helado cuando intentaban sonreÃr; podÃa creerse que alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio envueltas en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre el pecho, sostenÃa un crucifijo.
Asà la vio Emma a las tres de la madrugada, al acercarse a cumplir el más terrible encargo de MarÃa.
El sacerdote estaba orando de rodillas al pie del ataúd. La brisa de la noche, perfumada de rosas y azahares, agitaba las llamas de los cirios, gastados ya.
«Creà —decÃa Emma— que al cortar la primera trenza iba a mirarme tan dulcemente como solÃa si reclinada la cabeza en mi falda le peinaba yo los cabellos. Púselas al pie de la imagen de la Virgen y por última vez le besé las mejillas… Cuando desperté dos horas después… ¡ya no estaba allÃ!».
Braulio, José y cuatro peones más condujeron al pueblo el cadáver, cruzando esas llanuras y descansando bajo aquellos bosques por donde en una mañana feliz pasó MarÃa a mi lado amante y amada el dÃa del matrimonio de Tránsito. Mi padre y el cura seguÃan paso ante paso el humilde convoy… ¡ay de mÃ!, ¡humilde y silencioso como el de Nay!
Mi padre regresó al medio dÃa lentamente y ya solo. Al apearse hizo esfuerzos inútiles para sofocar los sollozos que lo ahogaban. Sentado en el salón, en medio de Emma y mi madre y rodeado de los niños que aguardaban en vano sus caricias, dio rienda a su dolor, haciéndose necesario que mi madre procurase darle una conformidad que ella misma no podÃa tener.
«Yo —decÃa él— yo autor de ese viaje maldecido, ¡la he muerto! Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija, ¿qué habrÃa yo de decirle?… Y EfraÃn… y EfraÃn…
¡Ah! ¿Para qué lo he llamado? ¿Asà le cumpliré mis promesas?».
Aquella tarde dejaron la hacienda de la sierra para ir a pernoctar en la del valle, de donde debÃan emprender al dÃa siguiente viaje a la ciudad.
Braulio y Tránsito convinieron en habitar la casa para cuidar de ella durante la ausencia de la familia.
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