María

María

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Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se habían cambiado los vestidos, y salimos.

El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con él, de lo cual nos excusamos cuan finamente pudimos.

Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún tanto pálido, denunciaba su felicidad. Tránsito miraba tenazmente al suelo, y contestó con voz alterada al llegarle el turno; José, colocado al lado del cura, empuñaba con mano poco firme uno de los cirios; y sus ojos, que pasaban constantemente del rostro del sacerdote al de su hija, si no se podía decir que estaban llorosos, sí que habían llorado.

Al tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada había amor, humildad e inocencia; era la promesa única que podía hacer al hombre que amaba, después de la que acababa de pronunciar ante Dios.

Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los alcanzaríamos muy lejos.


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