MarÃa
MarÃa —Cuando el reloj dé las dos y media, debo estar aquÃ; pero si me vence el sueño, que me llamen.
Señalando en seguida al enfermo, añadió:
—Se le debe dejar en completa calma.
Y se retiró después de haber dicho casi risueño alguna chanza a las muchachas sobre la necesidad que tienen los viejos de dormir a tiempo: jovialidad digna de agradecérsele, pues que no tenÃa más objeto que tranquilizarlas.
Mi madre volvió a ver si lo que durante una hora se habÃa estado haciendo producÃa algún efecto consolador; pero logramos convencerla de que el doctor estaba lleno de esperanzas para el dÃa siguiente; y abrumada por el cansancio, se durmió en el departamento de Emma, donde quedó Luisa haciéndole compañÃa.
Dio las dos el reloj.
MarÃa y Emma sabÃan ya que el doctor deseaba la manifestación de ciertos sÃntomas, y espiaron largo tiempo con anhelosa curiosidad el sueño de mi padre.
El enfermo parecÃa más tranquilo, y habÃa pedido una vez agua, aunque con voz muy débil, bastante inteligible, lo cual les hizo concebir esperanza de que la sangrÃa produjera buenos resultados.