MarÃa
MarÃa —Veo que usted se hace cargo de lo que está pasando, sin perder el valor que el caso requiere —me dijo examinando escrupulosamente, a la luz de la bujÃa inmediata, las lancetas de su estuche de bolsillo—. No hay que desesperar todavÃa.
Salimos del salón para ir a poner por obra lo que él estimaba como último recurso.
Mi padre estaba dominado por el mismo sopor: durante el dÃa y lo corrido de la noche no habÃa cesado el delirio. Su inmovilidad tenÃa algo de la que produce el agotamiento de las últimas fuerzas: casi sordo a todo llamamiento, solamente los ojos, que abrÃa con dificultad algunas veces, dejaban conocer que oÃa; y su respiración era anhelosa.
Mi madre sollozaba sentada a la cabecera de la cama, apoyada la frente en los almohadones y teniendo entre las manos una de las de mi padre. Emma y MarÃa, ayudadas por Luisa, que aquella noche habÃa venido a reemplazar a sus hijas, preparaban los útiles para el baño en que se iba a dar la sangrÃa.
Mayn pidió la luz; MarÃa la acercó a la cama: por el rostro le rodaban como a su pesar algunas lágrimas mientras el médico estuvo haciendo el examen que deseaba.
A la hora, terminado ya todo lo que el doctor estimaba como extremo recurso, nos dijo: