MarÃa
MarÃa Después de tres dÃas, la fiebre resistÃa aún a todos los esfuerzos del médico para combatirla: los sÃntomas eran tan alarmantes, que ni a él mismo le era posible ocultar en ciertos momentos la angustia que le dominaba.
Eran las doce de la noche. El doctor me llamó disimu-ladamente al salón para decirme:
—Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre: no me queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una copiosa sangrÃa que voy a darle, para lo cual está preparado convenientemente.
Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde no producen de aquà al amanecer una excitación y un delirio crecientes, es difÃcil conseguir ya una crisis. Es tiempo de manifestar a usted —continuó después de alguna pausa— que si al venir el dÃa no se hubiere presentado esa crisis, nada me resta por hacer. Por ahora, haga usted que la señora se retire, porque, suceda o no lo que deseo, ella no debe estar en la habitación: es más de medianoche, y ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso. Si usted lo juzga conveniente, ruegue también a las señoritas que nos dejen solos.
Le observé que estaba seguro de que ellas se resistirÃan y que dado que se consiguiera, aquello podÃa desconsolar más a mi madre.