MarÃa
MarÃa Empezaba a amanecer; algunas lÃneas luminosas entraban por las rendijas de las puertas y ventanas; la luz de la lámpara fue haciéndose más y más pálida; se oÃan ya los cantos de los coclÃes y los de las aves domésticas.
Entró el doctor.
—¿Lo han llamado a usted? —le pregunté.
—No; es que necesito estar aquà ahora. ¿Cómo ha continuado?
Le indiqué lo que habÃa yo observado; tomó el pulso, mirando al mismo tiempo su reloj.
—Absolutamente nada —dijo como para s×. ¿La bebida? —añadió.
—La ha tomado una vez más.
—Démosle otra toma; y para no incomodarlo de nuevo, le pondremos ahora los cáusticos.
HicÃmoslo todo ayudados por Emma.
El médico estaba visiblemente preocupado.