MarÃa
MarÃa —Esa bebida es narcótica —le indiqué por tranquilizarla.
—Pero el delirio no es tan constante ya. ¿Qué te ha dicho el doctor?
—Que es necesario esperar un poco para hacer remedios más enérgicos.
—Vete a acostar, que con nosotras hay ya; oye, son la tres y media. Yo despertaré a Emma para que me acompañe, y tú conseguirás que mamá descanse también un rato.
—Te has puesto pálida; esto va a hacerte muchÃsimo daño.
Ella estaba frente al espejo del tocador de mi madre, y se miró en él pasándose las manos por las sienes para medio arreglarse los cabellos al responderle:
—No tanto: verás cómo nada se me nota.
—Si descansas un rato ahora, puede ser; te haré llamar cuando sea de dÃa.
Conseguà que las tres me dejaran solo, y me senté a la cabecera.
El sueño del enfermo continuó intranquilo, y a veces se le percibÃan palabras mal articuladas del delirio.
Durante una hora desfilaron en mi imaginación todos los cuadros horrorosos que vendrÃan en pos de una desgracia, en la cual no podÃa detenerme a pensar sin que se contrajera mi corazón dolorosamente.