MarÃa
MarÃa —Esto la calmará —le observó mi madre presentándole el vaso.
El se dejó caer sobre las almohadas, diciendo al llevarse entrambas manos al cerebro:
—¡AquÃ!
Logramos de nuevo que hiciera un esfuerzo para levantarse; pero inútilmente.
El semblante de mi madre dejaba conocer lo que aquella postración la acobardaba.
Sentándose MarÃa al borde de la cama y apoyada en las almohadas, dijo al enfermo con su voz más cariñosa:
—Papá, procure levantarse para tomar esto; yo voy a ayudarle.
—Veamos, hija —contestó con voz débil.
Ella consiguió recostarlo en su pecho, mientras lo sostenÃa por la espalda con el brazo izquierdo. Las negras trenzas de MarÃa sombrearon aquella cabeza cana y venerable a que tan tiernamente ofrecÃa ella su seno por cojÃn.
Una vez tomada la poción, mi madre me entregó el vaso y MarÃa volvió a colocar suavemente a mi padre sobre las almohadas.
—¡Ay! ¡Jesús! ¡Cómo se ha postrado! —me dijo ésta en voz muy baja, luego que estuvimos cerca de la mesa donde colocaba ella la luz.