MarÃa
MarÃa —Deja que te reemplace ahà algún rato, y después me retiraré.
—Está bien —respondió levantándose con tiento para no hacer el menor ruido.
Me entregó el cepillo, sonriendo al enseñarme cómo debÃa tomarlo para frotar las plantas. Luego que hube tomado su puesto, me dijo:
—No es sino por un momento, mientras voy a ver qué tiene Juan y vuelvo.
El chiquito habÃa despertado y la llamaba, extrañando no verla cerca. Se oyó después la voz callada de MarÃa, que decÃa ternezas a Juan, para lograr que no se levantase, y el ruido de los besos con que lo acariciaba. No tardó el reloj en dar las tres: MarÃa tornó a reclamarme su asiento.
—¿Es tiempo de la bebida? —le pregunté.
—Creo que sÃ.
—Pregúntale a mi madre.
Llevando ésta la poción y yo la luz, nos acercamos al lecho. A nuestros llamamientos abrió mi padre los ojos, notablemente inyectados, y procuró hacerles sombra con una mano, molestado por la luz. Se le instó para que tomase la bebida. Incorporóse volviendo a quejarse de dolor en el costado derecho: y después de examinar con mirada incierta cuanto le rodeaba, dijo algunas palabras en las cuales se oyó «sed».