MarÃa
MarÃa PermanecÃa mi madre en una butaca cerca de la cabecera: por el movimiento de sus labios y por la dirección de sus miradas, fijas en un eccehomo, colgado sobre la puerta que daba entrada del salón al aposento, podÃa conocerse que oraba. Ya, por las palabras que del delirio de mi padre habÃa anudado, nada de lo ocurrido se le ocultaba. A los pies de la cama, arrodillada sobre un sofá, y medio oculta por las cortinas, procuraba MarÃa volver el calor a los pies del enfermo, que se habÃa quejado nuevamente de frÃo. Acerquéme a ella para decirle muy quedo:
—RetÃrate a descansar un rato.
—¿Por qué? —me respondió levantando la cabeza, que tenÃa apoyada en uno de los brazos: cabeza tan bella en el desaliño de la velada como cuando estaba adornada primorosamente en el paseo de la mañana anterior.
—Porque te va a hacer mal pasar toda la noche en vela.
—No lo creas; ¿qué hora es?
—Van a ser las tres.
—Yo no estoy cansada: pronto amanecerá: duerme tú mientras tanto, y si fuere necesario te haré llamar.
—¿Cómo están los pies?
—¡Ay!, muy frÃos.