MarÃa
MarÃa —¿Y le hizo aquello mucha impresión? Discúlpeme usted si le hablo de esta manera; creo indispensable hacerlo. Ocasiones tendrá usted durante sus estudios, y más frecuentemente en la práctica, para convencerse de que existen enfermedades que proviniendo de sufrimientos del ánimo se disfrazan con los sÃntomas de otras, o se complican con las más conocidas por la ciencia.
—Puede usted estar casi seguro de que esa desgracia de que le he hablado ha sido la causa principal de la enfermedad. Es sà indispensable advertir a usted que mi madre ignora lo ocurrido, porque mi padre asà lo ha querido para evitarle el pesar que era consiguiente.
—Está bien: ha hecho usted perfectamente en hablarme de ese modo: esté cierto de que yo sabré aprovecharme prudentemente del secreto. ¡Cuánto siento todo eso! Ahora iremos por camino más conocido. Vamos —agregó poniéndose en pie, y tomando la copa en que habÃa mezclado las drogas—: creo que esto hará muy buen efecto.
Eran ya las dos de la mañana. La fiebre no habÃa cedido un punto.
El doctor, después de velar hasta esa hora, se retiró suplicando lo llamásemos si se presentaba algún sÃntoma alarmante.
La estancia, alumbrada escasamente, estaba en profundo silencio.