MarÃa
MarÃa Habiendo el doctor dispuesto que se preparase un baño de tina y lo necesario para aplicarle a mi padre unas ventosas, fue conmigo a mi cuarto. Mientras confeccionaba una poción, traté de saber su concepto sobre la enfermedad.
—Es, probablemente, una fiebre cerebral —me dijo.
—¿Y ese dolor de que se queja en la región del hÃgado?
—No tiene que ver con lo otro, pero no es despreciable.
—¿Le parece a usted muy grave el mal?
—Asà suelen empezar estas fiebres, pero si se atacan en tiempo, se logra muchas veces vencerlas. ¿Se ha fatigado mucho su padre en estos dÃas?
—SÃ, señor; estuvimos hasta ayer en las haciendas de abajo y tuvo mucho que hacer.
—¿Ha tenido alguna contrariedad, algún disgusto serio?
—Creo que debo hablar a usted con la franqueza que exigen las circunstancias. Hace tres dÃas recibió la noticia de que un negocio suyo con cuyo buen éxito necesitaba contar, se habÃa desgraciado.