MarÃa
MarÃa —Que no sepa nada.
—SÃ, señor, esté usted tranquilo.
—¿Pusiste esa posdata a la carta?
—SÃ, señor.
—¿Sacaste del armario aquella correspondencia y los recibos?
Lo dominaba, de seguro, la idea de remediar la pérdida que habÃa sufrido. HabÃa oÃdo mi madre este último diálogo, y como él pareciese quedarse dormido, me preguntó:
—¿Ha tenido tu padre alguna molestia en estos dÃas? ¿Ha recibido alguna mala noticia? ¿Qué es lo que no quiere que yo sepa?
—Nada ha sucedido, nada que se le oculte a usted —le respondà fingiendo la mayor naturalidad que me fue posible.
—Entonces, ¿qué significa ese delirio? ¿Quién es el hombre de quien parece quejarse?… ¿De qué cartas habla tanto?
—No puedo adivinarlo, señora.
Ella no quedó satisfecha de mis contestaciones; pero yo no debÃa darle otras.
A las cuatro de la tarde llegó el médico. La fiebre no habÃa cedido, y el enfermo continuaba delirando en unos ratos, aletargado en otros. Todos los remedios caseros que para el supuesto resfriado se le aplicaron habÃan sido hasta entonces ineficaces.