MarÃa
MarÃa —Aquà está ya EfraÃn —le dijo mi madre.
Nos pareció que no habÃa oÃdo. Pasado un momento, dijo como para sÃ:
—Esto no tiene sino un remedio. ¿Por qué no viene EfraÃn para despachar de una vez todo?
Le hice notar que estaba presente.
—Bueno —continuó— tráelas para firmarlas.
Mi madre apoyaba la frente sobre una de las manos. MarÃa y Emma trataban de saber, mirándome, si existÃan realmente tales cartas.
—Asà que usted esté más reposado se despachará todo mejor.
—¡Qué hombre!, ¡qué hombre! —murmuró; y se quedó en seguida aletargado.
Llamóme mi madre al salón y me dijo:
—Me parece que debemos llamar al doctor: ¿qué dices?
—Creo que debe llamársele; porque aunque la fiebre pase, nada se pierde con hacer que venga, y si…
—No, no —interrumpió ella—: siempre que alguna enfermedad le empieza asÃ, es grave.
Luego que despaché un paje en busca del médico, volvà al lado de mi padre, quien me llamaba otra vez.
—¿A qué hora volvieron? —me preguntó.
—Hace más de una hora.
—¿Dónde está tu madre?
—Voy a llamarla.