MarÃa
MarÃa HabÃamos llegado. Extrañé ver cerradas las ventanas del aposento de mi madre. Le habÃa ayudado a ella a apearse y estaba haciendo lo mismo con MarÃa a tiempo que EloÃsa salió a recibirnos, insinuándonos por señas que no hiciésemos ruido.
—Papá —dijo— se ha vuelto a acostar, porque está enfermo.
Solamente MarÃa y yo podÃamos suponer la causa, y nuestras miradas se encontraron para decÃrsela. Ella y mi madre entraron al instante a ver a mi padre; yo las seguÃ. Como él conoció que nos habÃamos preocupado, nos dijo en voz balbuciente por el escalofrÃo:
—No es nada; tal vez me levanté sin precaución, y me he resfriado.
TenÃa las manos y los pies yertos, y calenturienta la frente.
A la media hora, MarÃa y mi madre se hallaban ya en traje de casa. Se sirvió el almuerzo, pero ellas no asistieron al comedor. Al levantarme de la mesa, llegó Emma a decirme que mi padre me llamaba.
La fiebre habÃa tomado incremento. MarÃa estaba en pie y recostada contra una de las columnas de la cama: Emma a su lado y mi madre a la cabecera.
—Apaguen algunas de esas luces —decÃa mi padre a tiempo que yo entraba.
Sólo una habÃa, y estaba en la mesa que le ocultaban las cortinas.