MarÃa
MarÃa —Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me tendrá el no saber si acepta.
—¿Y si él no conviene?
—¿Lo temes?
—SÃ.
—¿Y qué haremos entonces?
—Tú, obedecerle.
—¿Y tú?
—¡Ay!, quién sabe.
—Debes creer que aceptará, MarÃa.
—No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me harÃa un mal muy grande. Pero hazlo como te digo: asà puede ser que todo salga bien.