MarÃa
MarÃa Un quejido doloroso del enfermo interrumpió aquel enajenamiento aliviador de mi espÃritu; y la realidad reapareció tan espantosa como era.
Acerquéme al lecho: mi padre, que se apoyaba en uno de sus brazos, me miró con tenaz fuerza, diciéndome al cabo:
—Acércame la ropa, que es muy tarde ya.
—Es de noche, señor —le respondÃ.
—¿Cómo de noche? Quiero levantarme.
—Es imposible —le observé suavemente—. ¿No ve usted que le causarÃa mucho daño?
Dejó caer otra vez la cabeza en los almohadones, y pronunciaba en voz baja palabras que no entendÃ, mientras movÃa las manos pálidas y enflaquecidas, cual si estuviese haciendo una cuenta. Viéndole buscar alguna cosa a su lado, le presenté mi pañuelo.
—Gracias —me dijo, cual si hablase con un extraño; y después de enjugarse los labios con él, buscó sobre la colcha que lo cubrÃa, un bolsillo para guardarlo.
Volvió a quedarse dormido algunos momentos. Me acercaba a la mesa para saber la hora en que el delirio habÃa empezado, cuando él, sentado en la cama y descorriendo las cortinas que le ocultaban la luz, dejó ver la cabeza lÃvida y de asombrado mirar, diciéndome:
—¿Quién está ah�… ¡Hola! ¡Hola!