MarÃa
MarÃa Sobrecogido de cierto espanto invencible, a pesar de lo que prometÃa aquel delirio tan semejante a la locura, procuré reducirlo a que se acostara. Clavando él en mà una mirada casi terrible, preguntó:
—¿No estuvo él aqu� En este momento se ha levantado de esa silla.
—¿Quién?
Pronunció el nombre que yo me temÃa.
Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con voz más vigorosa ya:
—No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.
Le supliqué que no insistiera en levantarse, pero en tono imperativo replicó:
—¡Oh! ¡Qué necedad!… ¡La ropa!
Se me ocurrió que MarÃa, que habÃa ejercido sobre él en momentos semejantes tan poderosa influencia, podrÃa ayudarme; mas no me resolvà a separarme del lecho, temeroso de que mi padre se levantase. El estado de debilidad real en que se hallaba le impedÃa permanecer mucho tiempo sentado; y volvió a reclinarse aparentemente tranquilo. Entonces me acerqué a MarÃa, y tomándole la mano que le pendÃa sobre la falda, la llamé muy quedo. Ella, sin apartar la mano de la mÃa, se incorporó sin abrir los ojos; mas luego que me vio se apresuró a cubrirse los hombros con el pañolón, y poniéndose en pie me dijo: