María
María Lo había vuelto yo a acomodar en la cama cuando entró el doctor: se le refirió lo que había pasado y se mostró contento, después de pulsarlo.
A la media hora, se acercó Mayn otra vez a examinar al enfermo, que dormía profundamente: preparó una poción y entregándosela a María, le dijo:
—Usted va a darle esto, instándole para que lo tome con esa dulzurita que tenemos.
Ella tomó la copa con cierto temor, y nos acercamos a la cama llevando yo la luz. El doctor se ocultó tras de las cortinas para observar al enfermo sin ser visto.
María llamó a mi padre con su más suave acento. El, luego que despertó, se llevó la mano al costado, quejándose al mismo tiempo; fijóse en María, que le instaba para que tomase la poción, y le dijo:
—Por cucharadas; no puedo levantarme.
Ella empezó a darle así la bebida.
—¿Está dulce? —le preguntó.
—Sí, pero basta con eso ya.
—¿Tiene mucho sueño?
—Sí. ¿Qué hora es?
—Va a amanecer.
—¿Tu mamá?
—Descansando un rato. Tome unas cucharadas más de esto y dormirá muy bien después.