MarÃa
MarÃa El significó con la cabeza que no. MarÃa buscó los ojos del médico para consultarle, y él le hizo seña para que le diera más de la bebida. El enfermo se resistÃa y ella le dijo, haciendo ademán de que probara el contenido de la copa:
—Si es muy agradable. Otra cucharada, otra, y no más.
Los labios de mi padre se contrajeron intentando sonreÃr, y recibieron el lÃquido. MarÃa se los enjugó con su pañuelo, diciéndole con la misma ternura con que solÃa despedirse de Juan después de dejarlo acostado.
—Bueno, pues: ahora a dormir mucho.
Y cerró las cortinas.
—Con una enfermera como usted —le observó el doctor a tiempo que ella colocaba la luz sobre la mesa— no se morirÃa ninguno de mis enfermos…
—¿Es decir que ya?… —le interrumpió ella.
—Respondo de todo.