MarÃa
MarÃa —¿Cuántos años tenÃa yo cuando nos casamos? —le preguntó una vez, después de haber hablado de los primeros dÃas de su matrimonio y de un incendio que los dejó completamente arruinados a los dos meses de verificado aquél.
—Veintiuno —respondió ella.
—No, hija; tenÃa veinte. Yo engañé a la señora (asà llamaba a su suegra) temeroso de que me creyese muy muchacho. Como las mujeres, cuando sus maridos empiezan a envejecer, nunca recuerdan bien los años que ellos tienen, fácil me ha sido luego rectificar la cuenta.
—¿Veinte años no más? —preguntó Emma admirada.
—Ya lo oyes —respondió mi madre.
—Y usted, ¿cuántos, mamá? —preguntó MarÃa.
—Yo tenÃa dieciséis: un año más de los que tienes tú.
—Pero dile que te cuente —dijo mi padre— la importancia que se daba para conmigo desde que tuvo quince, que fue entonces cuando yo resolvà casarme con ella y hacerme cristiano.
—A ver, mamá —dijo MarÃa.
—Pregúntale a él primero —respondió mi madre— a qué se resolvió por eso que él llama la importancia que para con él me daba.
Todos nos volvimos hacia mi padre, y él dijo: