MarÃa
MarÃa —A casarme.
Interrumpió aquella conversación la llegada de Juan Angel, que venÃa del pueblo trayendo la correspondencia. Entregó algunos periódicos y dos cartas, ambas firmadas por el señor A…, y una de ellas de fecha bastante atrasada.
Luego que vi las firmas, se las pasé a mi padre.
—¡Ah!, sà —dijo devolviéndomelas—; esperaba cartas de él.
La primera se reducÃa a anunciar que no podrÃa emprender su viaje a Europa sino pasados cuatro meses, lo cual avisaba para que no se precipitasen los preparativos del mÃo. No me atrevà a dirigir una sola mirada a MarÃa, temeroso de provocar una emoción mayor que la que me dominaba; pero vino en mi ayuda la reflexión que hice instantáneamente de que si mi viaje no se frustraba, me quedaban aún más de tres meses de felicidad. MarÃa estaba pálida, y pretextaba buscar algo en su cajita de costura, que tenÃa sobre las rodillas. Mi padre, completamente tranquilo, esperó a que yo concluyese la lectura de la primera carta para decir:
—Qué se va a hacer: veamos la otra.
Leà los primeros renglones, y comprendiendo que iba a serme imposible disimular mi turbación, me acerqué a la ventana como para ver mejor, y poder dar asà la espalda a los que oÃan. La carta decÃa literalmente esto, en su parte sustancial: