MarÃa
MarÃa «Hace quince dÃas que escribà a usted avisándole que me veÃa precisado a retardar por cuatro meses más mi viaje; pero habiéndose allanado cuando y como yo no lo esperaba, los inconvenientes que se me habÃan presentado, me apresuro a dirigirle esta carta con el objeto de anunciarle que el 30 del próximo enero estaré en Cali, donde espero encontrar a EfraÃn para que nos pongamos en marcha hacia el puerto el dos de febrero.
»Aunque tuve el pesar de saber que una grave enfermedad lo habÃa tenido a usted en cama, poco después recibà la agradable noticia de que estaba ya fuera de peligro. Doy a usted y a su familia la enhorabuena por el pronto restablecimiento de su salud.
»Espero, pues, que no habrá inconveniente alguno para que usted me proporcione el placer de llevar la grata compañÃa de EfraÃn, por quien, como usted sabe, he tenido siempre tan particular cariño. SÃrvase mostrarle esta parte de mi carta».
Cuando volvà a buscar mi asiento, encontré las miradas de mi padre fijas en mÃ. MarÃa y mi hermana salÃan en aquel momento al salón, y ocupé la butaca que la primera acababa de dejar, por estar este asiento más a la sombra.
—¿Cuántos tenemos hoy? —preguntó mi padre.
—Veintiséis —le respondÃ.
—Nos queda solamente un mes; es necesario no dormirse.