MarÃa
MarÃa HabÃa en el acento con que pronunció aquellas palabras, y en su semblante, toda la tranquilidad que revela una resolución inmutable.
Un paje entró a avisarme que estaba listo el caballo que una hora antes le habÃa mandado preparar.
—Cuando vuelvas de tu paseo —dÃjome mi padre— contestaremos esa carta, y la llevarás tú mismo al pueblo, puesto que mañana debÃas de todos modos dar una vuelta a las haciendas.
—No me demoraré —dije saliendo.
Necesitaba disimular lo que sufrÃa; llamar en la soledad aquella dulce esperanza que me habÃa halagado para dejarme luego solo ante la realidad del temido viaje; necesitaba llorar a solas, para que MarÃa no viera mis lágrimas… ¡Ah!, si ella hubiese podido saber cuántas brotaban de mi corazón en aquel instante, tampoco habrÃa esperado ya.