MarÃa
MarÃa Me esperaba mi padre paseándose en el salón: la familia se hallaba reunida en el oratorio.
—Has tardado —me dijo mi padre—: ¿quieres que escribamos esas cartas?
—Quisiera que antes habláramos algo sobre mi viaje.
—A ver —me contestó sentándose en un sofá.
Yo permanecà en pie cerca de una mesa y dando la espalda a la bujÃa que nos alumbraba.
—Después de la desgracia ocurrida —le dije— después de esa pérdida, cuyo valor puedo valuar, estimo indispensable manifestar a usted que no lo creo obligado a hacer el sacrificio que le exige la conclusión de mis estudios. Antes de que los intereses de la casa sufrieran este desfalco indiqué a usted que me serÃa muy satisfactorio en adelante ayudarle en sus trabajos; y a su negativa de entonces nada pude replicar. Hoy las circunstancias son muy distintas: todo me hace esperar que usted aceptará mi ofrecimiento; y yo renuncio gustoso al bien que usted quiere hacerme enviándome a concluir mi carrera, porque es un deber mÃo relevar a usted de esa especie de compromiso que para conmigo tiene contraÃdo.