MarÃa
MarÃa —Todo eso —me respondió— está hasta cierto punto juiciosamente pensado. Aunque haya motivos para que hoy más que antes te sea temible ese viaje, no puedo dejar de conocer, a pesar de todo, que te dominan al hablar asà nobles sentimientos. Pero debo advertirte que mi resolución es irrevocable. Los gastos que el resto de tu educación me cause en nada empeorarán mi situación, y una vez concluida tu carrera, la familia cosechará abundante fruto de la semilla que voy a sembrar. Por lo demás —añadió después de una corta pausa, durante la cual volvió a pasearse por el salón— creo que tienes el noble orgullo necesario para no pretender cortar lastimosamente lo que tan bien has empezado.
—Haré cuanto esté a mi alcance —le contesté completamente desesperanzado ya—; haré cuanto pueda para corresponder a lo que usted espera de mÃ.
—Asà debe ser. Vete tranquilo. Estoy seguro de que a tu regreso ya habré conseguido llevar a cabo con fortuna los proyectos que tengo para pagar lo que debo. Tu posición será, pues, muy buena dentro de cuatro años, y MarÃa será entonces tu esposa.
Permaneció silencioso otra vez por algunos momentos, y deteniéndose al fin delante de mÃ, dijo:
—Vamos pues a escribir; trae aquà lo necesario, no sea que me haga mal salir al escritorio.