María
María Había acabado de dictarme una larga y afectuosa carta para el señor A…, y quiso que mi madre, que se presentó en ese momento en el salón, la oyera leer. Esto era en el fondo lo que leía yo a tiempo que María entró trayendo el servicio de té para mi padre, ayudada por Estéfana:
«Efraín estará listo para marchar a Cali el treinta de enero; lo encontrará usted allí y podrán seguir para Buenaventura el dos de febrero, como usted lo desea».
Seguían las fórmulas de estilo.
María, a quien daba yo la espalda, puso sobre la mesa y al alcance de mi padre el plato y taza que llevaba. Quedó al hacerlo iluminada de lleno por la luz de la mesa; estaba casi lívida: al recibir la tetera que le presentaba Estéfana, se apoyó con la mano izquierda en el espaldar de la silla que yo ocupaba, y tuvo que sentarse en el sofá inmediato mientras mi padre se servía el azúcar. El le presentó la taza y ella se puso en pie para llenarla, pero le temblaba la mano de tal manera, que viendo mi padre que el té se derramaba, miró a María diciéndole:
—Basta… basta, hija.