MarÃa
MarÃa —Vamos, Nay, a buscar suelo menos ingrato que éste para mis nietos. Los más bellos y famosos jefes del Gambia, paÃs que visité en mi juventud, se engreirán de darme asilo en sus hogares, y de preferirte a sus más bellas mujeres. Estos brazos están todavÃa fuertes para combatir, y poseo suficientes riquezas para ser poderoso donde quiera que un techo nos cubra… Pero antes de partir es necesario que aplaquemos la cólera del Tando, ensañado contra mà por mi amor a la gloria, y que le sacrifiquemos lo más granado de nuestros esclavos; Sinar entre ellos el primero…
Nay cayó sin sentido al oÃr aquella terrible sentencia, dejando escapar de sus labios el nombre de Sinar. La recogieron sus esclavas, y Magmahú, fuera de sÃ, hizo venir a Sinar a su presencia. Desenvainando el sable, le dijo tartamudeando de ira:
—¡Esclavo!, has puesto tus ojos en mi hija; en castigo haré que se cierren para siempre.
—Tú lo puedes —respondió sereno el mancebo—: no será la mÃa la primera sangre de los reyes de los Achimis con que tu sable se enrojece.
Magmahú quedó desconcertado al oÃr tales palabras, y el temblor de su diestra hacÃa resonar sobre el pavimento el corvo alfanje que empuñaba.