MarÃa
MarÃa Nay, deshaciéndose de sus esclavas, que aterradas la detenÃan, entró a la habitación donde estaban Sinar y Magmahú, y abrazándosele a éste de las rodillas, bañábale con lágrimas los pies exclamando:
—¡Perdónanos, señor, o mátanos a ambos!
El viejo guerrero, arrojando de sà el arma temible, se dejó caer en un diván y murmuró al ocultarse el rostro con las manos:
—¡Y ella lo ama!… ¡Orsué, Orsué!, ya te han vengado.
Sentada Nay sobre las rodillas de su padre, lo estrechaba en sus brazos, y cubriéndole de besos la cana cabellera, le decÃa sollozante:
—Tendrás dos hijos en vez de uno: aliviaremos tu vejez, y su brazo te defenderá en los combates.
Levantó Magmahú la cabeza, y haciendo ademán a Sinar para que se acercara, le dijo con voz y semblante terribles, extendiendo hacia él su diestra:
—Esta mano dio muerte a tu padre; con ella le arranqué del pecho el corazón… y mis ojos se gozaron en su agonÃa…
Nay selló con los suyos los labios de Magmahú, y volviéndose precipitadamente a Sinar, tendió sus lindas manos hacia él, diciéndole con amoroso acento:
—Estas curaron tus heridas, y estos ojos han llorado por ti.