MarÃa
MarÃa Sinar cayó de hinojos ante su amada y su señor, y éste, después de unos momentos, le dijo abrazando a su hija:
—He aquà lo que te daré en prueba de mi amistad el dÃa en que esté seguro de la tuya.
—Juro por mis dioses y el tuyo —respondió el hijo de Orsué— que la mÃa será eterna.
Pasados dos dÃas, Nay, Sinar y Magmahú salieron de Cumasia a favor de la oscuridad de la noche, llevando treinta esclavos de ambos sexos, camellos y avestruces para cabalgar, y cargados otros con las más preciosas alhajas y vajilla que poseÃan; gran cantidad de tÃbar27 y cauris28, comestibles y agua como para un largo viaje.
Muchos dÃas gastaron en aquella peligrosa peregrinación. La caravana tuvo la fortuna de llevar buen; tiempo y de no tropezar con los sereres29. Durante el viaje, Sinar y Nay disipaban la tristeza del corazón de Magmahú entonando a dúo alegres canciones; y en las noches serenas a la luz de la luna y al lado de la tienda de la caravana, ensayaban los dichosos amantes graciosas danzas al son de las trompetas de marfil y de las liras de los esclavos.
Por fin llegaron al paÃs de los Kombu-Manez, en las riberas del Gambia; y aquella tribu celebró con suntuosas fiestas y sacrificios el arribo de tan ilustres huéspedes.