MarÃa
MarÃa —Nunca creà que al acercarse la hora antes tan deseada por ti en que mi padre debe hacerme tu esposa, hubieras de estar como te veo. ¿Te ama él ya menos que antes? ¿Soy acaso menos tierna contigo, o no te parezco tan bella como el dÃa en que merecà me confesaras tu amor?
Sinar, fijos los ojos en las fugitivas ondas del Gambia, parecÃa no haber oÃdo. Nay lo contempló en silencio unos momentos con los ojos cuajados de lágrimas, y su pecho dejó escapar al fin un sollozo. Al oÃrlo Sinar se volvió con precipitación hacia ella, y viendo aquellas lágrimas, besóla tiernamente, diciéndole:
—¿Lloras? ¿Asà recibes la felicidad que tanto hemos esperado y que al fin llega?
—¡Ay de mÃ! Jamás habÃas sido sordo a mi voz; jamás te habÃan buscado mis ojos sin que los tuyos se mostrasen halagüeños; por eso lloran.
—¿Cuándo, di, el más leve acento tuyo no turbó el más profundo de mis sueños; cuándo, aunque no te esperase ni te viese, dejé de sentirte si te acercabas a m�
—Hace un instante; y tu inocencia, Sinar, confirma tu desdén y mi desventura.
—Perdón, Nay; perdóname, pues pensaba en ti.