MarÃa
MarÃa —¿Qué te ha dicho ese extranjero? —preguntóle Nay, enjugadas ya sus lágrimas, y jugando con los corales y dientes de los collares del guerrero—; ¿por qué buscas con él la soledad que tantas veces me dijiste te era odiosa sin mÃ? ¿Te ha contado que las mujeres de su paÃs son blancas como el marfil y que sus ojos tienen el azul profundo de las olas del Tando? Mi madre me lo decÃa a mÃ, y habÃa olvidado contártelo… A ella le habló mucho del paÃs de los blancos un extranjero parecido al que amas, según ella lo amó; pero desde que partió de Cumasia ese hombre, mi madre se hizo odiosa a Magmahú: ella adoraba a otro dios, y mi padre… mi padre le dio la muerte.
Nay calló por largo rato, y Sinar se mostraba dominado otra vez por tristes pensamientos. Despertando de súbito de esa especie de embebecimiento, toma de la mano a su amada, sube con ella a la cima de un peñasco, desde el cual se divisaba el desierto sin lÃmites y rielando de trecho en trecho el caudaloso rÃo, y le dice:
—El Gambia, como el Tando, nacen del seno de las montañas. La madre no es nunca hechura de su hijo. ¿Sabes tú quién hizo las montañas?
—No.
—Un dios las hizo. ¿Has visto al Tando retroceder en su carrera?
—No.