MarÃa
MarÃa —El Tando va como una lágrima a perderse en un inmenso mar, ante el bramido del cual el rumor de un rÃo es como tu voz comparada con la del huracán que durante las tempestades sacude estos bosques gigantescos cual si fuesen débiles juncos. ¿Sabes tú quién hizo el mar?
—No.
—El rayo que rasga las nubes y cayendo sobre la copa del baobab lo despedaza, como tu planta deshace una de sus flores secas; las estrellas que como el oro y perlas que bordan tus mantos de calÃn, tachonan el cielo; la Luna, que te place contemplar en la soledad dejándote aprisionar entre mis brazos; el sol que bruñó tu tez de azabache y da luz a tus ojos, el Sol ante el cual el fuego de nuestros sacrificios es menos que el brillo de una luciérnaga: todas son obras de un solo dios. El no quiere que ame a otra mujer que a ti; él manda que te ame como a mà mismo; él quiere que yo rÃa si rÃes, que llore yo si lloras, y que en cambio de tus caricias te defienda como a mi propia vida; que si mueres llore yo sobre tu tumba hasta que vaya a juntarme contigo más allá de las estrellas, donde me esperarás.
Nay, entrambas manos cruzadas sobre el hombro de Sinar, lo contemplaba enamorada y absorta, porque nunca lo habÃa visto tan hermoso. Estrechándola él contra su corazón, besóle con ardor los labios y continuó: