MarÃa
MarÃa Pasados unos dÃas, empezó a calmarse el pesar que la muerte de Feliciana habÃa causado en los ánimos de mi madre, Emma y MarÃa, sin que por eso dejase de ser ella el tema frecuente de nuestras conversaciones. Todos procurábamos aliviar a Juan Angel con nuestros cuidados y afectos, siendo esto lo mejor que podÃamos hacer por su madre. Mi padre le hizo saber que era completamente libre, aunque la ley lo pusiese bajo su cuidado por algunos años, y que en adelante debÃa considerarse solamente como un criado de nuestra casa. El negrito, que ya tenÃa noticia de mi próximo viaje, manifestó que lo único que deseaba era que le permitieran acompañarme, y mi padre le dio alguna esperanza de complacerlo.