MarÃa
MarÃa A pesar de lo sucedido la noche vÃspera de mi marcha a Santa R… MarÃa continuaba siendo para conmigo solamente lo que habÃa sido hasta entonces: aquel casto misterio que habÃa velado nuestro amor, lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas veces solos en el jardÃn y en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor, recogiendo flores que ponÃa en su delantal para venir después a mostrármelas, dejándome escoger las más bellas para mi cuarto, y disputándome algunas que fingÃa querer reservar para el oratorio. Ayudábale yo a regar sus eras predilectas, para lo cual se recogÃa las mangas dejando ver sus brazos, sin advertir qué tan hermosos me parecÃan. Nos sentábamos a la orilla del derrumbo, coronado de madreselvas, desde donde veÃamos hervir y serpentear las corrientes del rÃo en el fondo profundo y montuoso de la vega. Afanábase otras veces por hacerme distinguir sobre los lampos de oro que el Sol dejaba al ocultarse, leones dormidos, caballos gigantes, ruinas de castillos de jaspe y lapislázuli, y cuanto se complacÃa en forjar con entusiasmo infantil.
Pero si la más leve circunstancia nos hacÃa pensar en el viaje temido, su brazo no se desenlazaba del mÃo y deteniéndose en ciertos sitios, me buscaban sus miradas húmedas, después de espiar en ellos algo invisible para mÃ.