MarÃa
MarÃa Una tarde, ¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria!, la luz de los arreboles moribundos del ocaso se confundÃa bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las llanuras: las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Los bucles de la cabellera de MarÃa, que recorrÃa lentamente el jardÃn asida de mi brazo con entrambas manos, me habÃan acariciado la frente más de una vez; ella habÃa intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos decÃamos… De repente se detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró por algunos instantes hacia la ventana de mi cuarto, y volvió a mà los ojos para decirme:
—Aquà fue; asà estaba yo vestida… ¿Lo recuerdas?
—¡Siempre, MarÃa, siempre!… —le respondà cubriéndole las manos de besos.
—Mira: aquella noche me desperté temblando, porque soñé que hacÃas eso que haces ahora… ¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Sonreà enternecido por tanta inocencia.