MarÃa
MarÃa —¿No crees que será asÃ? —me preguntó seria.
Creo que la Virgen no necesitará de tantas rosas. Hizo que nos acercáramos a la ventana de mi cuarto. Una vez allÃ, desenlazó su brazo del mÃo: se dirigió al arroyo, distante unos pasos, anudándose en la cintura el pañolón; y trayendo agua en el hueco de las manos juntas, se arrodilló a mis pies para dejarla caer a gotas sobre una cebollita retoñada, diciéndome:
—Es una mata de azucenas de la montaña.
—¿Y la has sembrado ah�
—Porque aquÃ…
—Ya lo sé, pero esperaba que lo hubieras olvidado.
—¿Olvidar? ¡Cómo es tan fácil olvidar! —me dijo sin levantarse ni mirarme.
Su cabellera rodaba destrenzada hasta el suelo, y el viento hacÃa que algunos de sus bucles tocaran las blancas mosquetas de un rosal inmediato.
—¿Pero no sabes por qué encontraste aquà el ramillete de azucenas?
—¿Cómo no lo he de saber? Porque ese dÃa hubo quien supusiera que yo no querÃa volver a poner flores en su mesa.
—MÃrame, MarÃa.