MarÃa
MarÃa —¿Para qué? —respondió sin levantar los ojos de la matita, que parecÃa examinar con suma atención.
—Cada azucena que nazca aquà será un castigo cruel por un solo momento de duda. ¿SabÃa yo acaso si era digno?… Vamos a sembrar tus azucenas lejos de este sitio.
Doblé una rodilla al frente de ella.
—¡No, señor! —me respondió alarmada y cubriendo la matita con entrambas manos.
Yo me volvà a poner en pie; y cruzado de brazos esperaba a que ella terminara lo que hacÃa o fingÃa hacer. Trató de verme sin que yo lo notase, y rió al fin levantando el rostro lleno de recompensas por un instante de supuesta severidad, diciéndome:
—Conque muy bravo, ¿no? Voy a contarle, señor, para qué son todas las azucenas que dé la mata.
Al tratar de ponerse en pie, asida de la mano que yo le ofrecÃ, volvió a caer arrodillada, porque la detenÃan algunos cabellos enredados en las ramas del rosal: los separamos, y al sacudir ella la cabeza para arreglar la cabellera, sus miradas tenÃan una fascinación casi nueva. Apoyada en mi brazo, observó:
—Vámonos, que va a oscurecer.
—¿Para qué son las azucenas? —insistà al dirigirnos lentamente al corredor de la montaña.