MarÃa
MarÃa —Ya sabes para qué servirán las rosas de la mata nueva que te mostré, ¿no?
—SÃ.
—Pues las azucenas servirán para una cosa parecida.
—A ver.
—¿Te gustará encontrar en cada carta mÃa que recibas, un pedacito de las azucenas que dé?
—¡Ah!, sÃ.
—Eso será como decirte muchas cosas que algunas veces no deben escribirse y que otras me costarÃa mucho trabajo expresar bien, porque no me has acabado de enseñar lo necesario para que mis cartas vayan bien puestas… también es cierto…
—¿Qué es cierto?
—Que ambos tenemos la culpa.
Después de haberse distraÃdo en romper bajo sus pies, preciosamente calzados, las hojas secas de los mandules y mameyes regadas por el viento en la callejuela que seguÃamos, dijo:
—No quiero ir mañana a la montaña.
—¿Pero no se sentirá Tránsito contigo? Hace un mes que se casó y no le hemos hecho la primera visita. ¿Por qué no deseas ir?
—Porque… por nada. Le dirás que estamos atareadas con tu viaje… Cualquier cosa. Que venga ella con LucÃa el domingo.