MarÃa
MarÃa —Está bien. Yo volveré muy temprano.
—SÃ: y no habrá cacerÃa.
—Pero esa condición es nueva; y Carlos se reirÃa de saber que me la has impuesto.
—¿Y quién ha de ir a decÃrselo a él?
—Tal vez yo mismo.
—Y eso ¿para qué?
—Para consolarlo de aquel tiro que erró tan lastimosamente al venadito.
—De veras. A un tigre hubiera sido otra cosa, porque claro está que debe dar miedo.
—Lo que no sabes es que la escopeta de Carlos no tenÃa munición cuando disparó: Braulio se la habÃa sacado.
—Y ¿por qué hizo Braulio eso?
—Por tomar desquite. Carlos y el señor de M… se habÃan burlado en aquella mañana de la flacura de los perros de José.
—Braulio hizo mal; ¿verdad? Pero si no lo hubiera hecho asÃ, no estarÃa vivo el venadito. Tú no has visto lo alegre que se pone si yo me le acerco: hasta Mayo ha conseguido que lo quiera, y muchas veces duermen juntos. ¡Es tan lindo! ¡Cómo lo habrá llorado su madre!
—Suéltalo para que se vaya, pues.
—¿Y ella lo buscarÃa todavÃa por los montes?
—Tal vez no.